Posteado por: psicologiaymistica | Junio 6, 2009

Conocimiento de sí en la experiencia mística de santa Teresa de Jesús

El elemento sustancial que define la doctrina teresiana es su manera de entender la oración y la experiencia meditativa-contemplativa con el amor. Y desde esta clave, colocando a la persona humana cara a cara con la realidad divina, se entiende la importancia que santa Teresa de Jesús va a dar al conocimiento de sí y que desarrollará esta parte del trabajo. Esta específica elección responde primeramente a la imposibilidad de un desarrollo más amplio debido a la complejidad y la falta de recursos tanto de datos como de tiempo. Por otra parte, se ha elegido el tema presente por la importancia de Teresa de Ávila en todos los sentidos de la mística, siendo Doctora de la Iglesia y la santa más venerada dentro de su familia, la Orden carmelita, que se caracteriza precisamente por haber albergado en su seno a los místicos más importantes de la Iglesia universal.

Cuando se habla de oración o de meditación, normalmente no se presta atención al conocimiento del propio yo, al menos de una manera explícita. Si se habla de éste, se piensa más en una realidad simplemente psicológica o de introspección personal. Sin embargo, el conocimiento propio del sí es un aspecto fundamental en el ámbito de la oración y la meditación teresiana. Según la propia Teresa, no hay posibilidad de avanzar en el camino si se prescinde de este elemento. Con esto no se quiere decir que para realizar la meditación haya de conocerse uno a sí, sino que el camino del crecimiento místico discurre entre dos sendas paralelas: cuanto más se crece en el conocimiento del sí, mayor es el grado de meditación que se alcanza; y viceversa, cuanto más se acerca la persona  humano a la realidad divina, mejor llega a conocerse.

El conocimiento del sí es uno de los elementos más originales en el entramado oracional teresiano, lo que le distingue de otros caminos de meditación que pretenden partir desde el olvido de sí mismo. Los pasos místicos de santa Teresa de Jesús hacen que el hombre se encuentre y descubra a sí mismo, de ahí que su camino oracional sea un camino profundamente humanizador. Es importante ver que incluso los aspectos más característicos de la vida cristiana, como el amor al prójimo, el desasimiento y la humildad, son solamente posibles desde el conocimiento de la propia persona. Esto implica, por tanto, que todo en la existencia depende de este factor, de manera que una relación auténticamente humana con el mundo, con los demás, dependerá del grado de conocimiento propio e interioridad alcanzados.

Importancia y actualidad

Como ya se ha dicho, el conocimiento del sí es un elemento imprescindible en el proceso místico. Sin este conocimiento del yo no hay posibilidad de adentrarse en una duradera y auténtica experiencia mística. Sólo la persona que toma conciencia de su ser y lo examina y reflexiona puede aventurar por este camino, que no sólo le va llevar a la unión, sino que paralelamente descubre su auténtica naturaleza. Es lo que autores como Francisco Javier Sancho llama “socratismo teresiano”, haciendo referencia al consejo de Sócrates que invitaba al “conócete a ti mismo”.

La psicología moderna y la pedagogía insisten en la importancia de la acepción de uno mismo. Sin este presupuesto las relaciones “ad extra”, es decir, con el mundo y con los otros, toman fácilmente matices enfermizos. La persona humana actúa desde la visión y la compresión que tiene de sí. Hace más de cuatro siglos que Teresa descubrió esta realidad a la luz de su experiencia mística. Si el fin de esta experiencia es el amor con Dios, el amor a sí mismo es de obligada existencia, siendo por tanto necesaria la autoaceptación. Para los cristianos, su maestro manda “amar al prójimo como a uno mismo”, de manera que de qué forma se amará a los demás sino existe un amor a uno mismo.

Lo relacional del hombre sale de dentro y nunca de fuera. Es la interioridad, o mejor el posicionamiento de la persona en su interior, lo que da el verdadero sentido de las actitudes y cosas en la vida humana. Es decir, sólo desde el conocimiento del sí, se es capaz de enfrentarse de un modo humano con la realidad. De otra manera, la vida corre el riesgo de convertirse en un activismo, una lucha por la supervivencia o una huida continua de sí.

El conocimiento de sí vivido por santa Teresa

Para visionar la vivencia y la expresión de la experiencia mística de Teresa y lo que con ella confluye, como el progresivo desarrollo del conocimiento de sí misma, son esencialmente básico los primeros diez capítulos de su obra Libro de la vida. En estos, la santa revela la dinámica mantenida en su vida antes de la conversación. Desvela el secreto que le ha llevado a la misma, que no es otro que la toma de conciencia de quién es ella y quién es Dios. Este pensamiento es continuo a lo largo de todo el libro. Teresa plantea el libro desde su experiencia, que se constituye así en la fuente principal de su doctrina.

En cuanto a lo que cuenta Teresa, se descubre lo que algunos llaman el trato pedagógico de la realidad divina. En el Libro de la vida se ve cómo Dios, haciéndole ver su error, respeta siempre la libertad de Teresa. Es importante saber que Teresa escribió este libro desde una profunda madurez humana y espiritual, con unos cincuenta años, y por tanto es lógico pensar que redescubre su historia con una mirada teologal agradecida, capaz de descubrir el obrar positivo de lo divino en su vida.

La lógica teresiana resulta evidente al afirmar que nadie puede dar lo que no tiene y no sabe. Pero todo ello se inscribe en una lógica mayor: nadie podrá acercarse a lo divino si antes no considera quién es él mismo y quién es Dios en su vida. Como afirma el obispo de Jerez, José Mazuelos, “dime en el Dios que crees y te diré el hombre que eres.”

Detrás de la insistencia y la importancia que Teresa da a este aspecto se esconde una concepción del ser humano en clave teologal y positiva. Teresa parte del principio, fruto de su propia experiencia, de que Dios habita en el centro del alma y que por tanto el humano no está hueco por dentro, sino habitado por lo infinito. Teresa, es por esto, una gran humanista, convencida de la gran dignidad del ser humano, que para los judíos y los cristianos es imagen y semejanza de Dios.

Más que ofrecer una visión histórica, Teresa expresa las vías del propio conocimiento y desde ahí subraya quién es verdaderamente Dios en su vida. Se trata de un camino discontinuo entre el conocimiento y el reconocimiento de sí, que no se hace realmente efectivo hasta que Teresa no se define determinantemente por la oración, es decir, por el proceso místico que vivió.

Qué es y en qué consiste el conocimiento del yo

Cuando Teresa habla del conocimiento del yo no piensa en una realidad simplemente cognoscitiva y psicológica. Ni siquiera parece importarle de modo inmediato recabar la importancia de este aspecto para el equilibrio psicoafectivo de la persona. Todo ello se presupone. Y aquí radica la genialidad de la oración y meditación teresianas, que sin tener unas competencias científicas de lo que constituyen las bases de un crecimiento armónico de la personalidad, su experiencia mística de Dios le abre los ojos frente a esa realidad, de tal modo que su mística descubre aquí un factor que no le hace abstraerse de la realidad humana, sino que la asume, la presupone y la encamina hacia la plenitud.

El conocimiento propio en el que con gran fuerza insiste la santa es descubrimiento y toma de conciencia de la propia realidad esencial y existencial. Aún centrando la mirada sobre el yo, el conocimiento del sí es el presupuesto que lleva a romper con el egoísmo y ensanchar el panorama del propio mundo de la alteridad. Por supuesto, no se trata aquí de un conocimiento de sí que desemboca en el narcisismo. Es todo lo contrario, un conocimiento de sí que se abre al infinito del misterio de un Dios que es el único capaz de desvelar el inquietante misterio del hombre, que ha tenido siempre integrada la mente del pensador, filósofo o no, que busca un sentido o razón de ser a la existencia del hombre.

Normalmente, al hablar de humanismo teresiano se piensa más en las actitudes externas: simpatía, apertura, jovialidad, recreación, atención por los enfermos y necesitados… Y, en cambio, el auténtico humanismo radica en los elementos que constituyen la base de la maduración de la persona, y base de todo ello es el conocimiento de sí. Cuanto Teresa habla de este conocimiento del yo está pensando principalmente en una verdad teologal que da sentido y razón del ser y del existir del hombre: su auténtica naturaleza, que sólo se explica con su origen divino. Los otros elementos que configuran la personalidad no son más que consecuencia de ello.

En la experiencia mística de santa Teresa se descubre subrayadas dos vertientes de la compresión teologal del hombre: por una lado la propia miseria, y por el otro, la altísima vocación a la que las personas han sido llamadas desde su creación y el gran amor que Dios les tiene. El conocimiento de sí crea en la persona una dinámica de conversión, de apertura y de reconocimiento frente a la propia verdad que define al hombre, y por eso encierra en sí un  profundo carácter de realismo ascético.

El conocimiento propio acarrea la importancia de un elemento como es el descubrimiento de la propia dignidad, que lleva también a descubrir la dignidad del otro. Teresa vive convencida de que los estragos que se comenten con los hombres son fruto de ese desconocimiento de la propia dignidad, imprescindible para respetar reconocer la del otro.

Posteado por: psicologiaymistica | Junio 6, 2009

Fenómenos místicos extraordinarios

Los fenómenos sobrenaturales son aquellos que trascienden el estado u orden natural, lo que va más allá de las leyes naturales. Para la teología cristiana, la causa sólo puede ser divina, aunque existe la posibilidad de que la propia naturaleza o una realidad contrapuesta a la divina (demoníaca) puedan imitar algunos de estos fenómenos, confundiéndolos. En la siguiente clasificación, se tendrán en cuenta según la naturaleza del fenómeno.

Fenómenos de orden cognoscitivo

Dentro de estos tiene lugar varios fenómenos. Las visiones, referidas estrictamente al sentido de la vista, son percepciones de objetos mediante los ojos corporales, y las hay de tres tipos: externas o corporales, imaginarias e intelectuales. Las locuciones son fórmulas que enuncian afirmaciones o deseos; y normalmente se dividen también en auriculares, imaginarias e intelectuales. Las revelaciones son las manifestaciones sobrenaturales de una verdad oculta o un secreto divino hecho por Dios para el bien general de la Iglesia o para la utilidad de quien la recibe. La revelación pública es universal y la contiene, según la Iglesia, las Sagradas Escrituras, especialmente la Palabra hecha carne. Por otra parte están las revelaciones privadas, nombre asignado por la Iglesia a aquellas que reciben personas elegidas y que se fundamentan en la verdad de las Sagradas Escrituras.  Por discernimiento de los espíritus se entiende el conocimiento sobrenatural de los secretos del corazón comunicados por Dios a sus siervos y la ierognosis es el conocimiento de lo que es sagrado manifestado en el poder o facultad que tuvieron algunos santos para reconocer las cosas santas y distinguirlas de las profanas.

Fenómenos de orden corporal

Los fenómenos místicos de orden corporal se reflejan principalmente sobre el organismo, en cualquiera de sus funciones vitales o en diferentes aspectos de su actividad y manifestaciones exteriores. Entre los principales se encuentran los estigmas, consistentes en la aparición espontánea de llagas sanguinolentas en manos, pies, costado izquierdo, en la cabeza o en la espalda. Pueden ser visibles o invisibles. Debido a su carácter polémico, muchos han tratado de dar una explicación racionalista al fenómeno atribuyéndolo al fanatismo.

El sudor de sangre consiste en la expulsión, en cantidad considerable, de líquido sanguinolento a través de los poros de la piel, particularmente los de la cara. Las lágrimas de sangre son una efusión sanguinolenta a través de la mucosa de los ojos.

La bilocación es uno de los fenómenos más sorprendentes de la mística y uno de los más difíciles de explicar y de creer. Consiste en la presencia simultánea de una misma persona en dos lugares diversos. Las levitaciones consisten en la elevación espontánea del suelo y en el mantenimiento del cuerpo humano sin ningún apoyo y sin causa natural visible. Por regla, le levitación mística se verifica mientras el paciente está en éxtasis y, si el cuerpo se eleva un poco, se llama éxtasis ascensional; si se eleva a gran altura, recibe el nombre de vuelo extático; y si comienza a andar velozmente a ras del suelo, pero sin tocarlo, se llama marcha extática.

También se da el llamado perfume sobrenatural (osmogenesia) consistente en un cierto perfume de exquisita suavidad y fragancia que emana del cuerpo mortal de los santos o del sepulcro donde reposan sus restos.

Fenómenos de orden afectivo

Se consideran tales, prevalentemente, dos tipos: los éxtasis místicos y los incendios de amor. Algunos estudiosos[1] llaman a este tercer tipo de fenómenos psico-fisiológicos, pues tienen, en buena medida, su raíz principal en la voluntad; de ahí que algunos autores los clasifiquen entre los fenómenos de orden orgánico.

Los éxtasis místicos no son gracias gratis dadas por Dios. Entran en el desarrollo normal de los grados de oración mística y constituyen un fenómeno normal en el desarrollo de la vida cristiana. Pero como su aspecto exterior es espectacular, presenta ciertas semejanzas con los fenómenos de tipo extraordinario que se han mencionado. Los incendios de amor, por su parte, son un hecho comprobado en la vida de algunos santos en los que el amor hacia Dios se manifiesta algunas veces hacia el exterior bajo la forma de fuego que quema, incluso materialmente, la carne y la ropa cercana al corazón. Esta manifestación se produce en grados diversos: simple calor intenso, ardores fuertemente intensos y la quemadura material.


[1] ANTONIO ROYO MARÍN: Teologia della perfezione cristiana. Edición San Paolo (1997). Roma (Italia).

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Camino de perfección

En el legado que los cristianos han dejado a la mística se distinguen tres pasos o estados para llegar a la perfección. A continuación, se tratará brevemente una pequeña definición de estos tres estados.

Purificación

El primer estado es el conocido como vía purgatoria, donde comienza una purificación del alma humana. Es un estado para principiantes destinados a alcanzar la unión íntima con Dios. Estos principiantes, según la teología mística, viven habitualmente en un estado de gracia y tienen, de alguna manera, un deseo de la perfección, pero conservando aún afecto al pecado venial, y por tanto expuestos a cometer faltas graves. Se distinguen diversas categorías: almas inocentes, convertidos, tibios. Los métodos para lograr este estado y superarlo pasan por la oración, la penitencia, la mortificación y la lucha contra los pecados y las tentaciones.

Iluminación

Después de la purificación del alma, a través de una penitencia proporcionada al número y gravedad de los pecados cometidos, se da el estado de iluminación o vía iluminativa. Se trata de personas que ya están fuertes en la virtud por el ejercicio de la meditación, de la mortificación y por el vencimiento de las tentaciones y las malas intenciones. Aquí, la persona llega a un estado de imitación de  Cristo por medio de la práctica positiva de las virtudes cristianas.

Unión

Por último, este tercer estado se refiere a una existencia que alcanza la propia integración o unidad. Una vez la persona ha abnegado de todo, es la unión perfecta con la realidad divina. La teología cristiana lo considera como un don de Dios para con la persona, y no como una meta a la que se llega superando una serie de pasos o técnicas. Según John Hardon, S.J., es “la unión del alma con Dios en contemplación profunda. Se caracteriza por una profunda conciencia de la presencia divina. Tiene una variedad de grados, que no necesariamente ocurren en sucesión: Las dos noches del alma (noche de los sentidos y noche del espíritu) que anteceden a la unión mística, la oración de silencio, la unión plena, éxtasis y matrimonio espiritual[1].” En esta última fase se da la unión transformante, el  último grado en la búsqueda de la perfección.


[1] John Hardon; S.J.: Modern Catholic Diccionary. Eternal Life (1999). Kentucky (EE.UU).

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Mística y oración

La mística se entiende como una experiencia de contacto, interacción o comunicación directos con una realidad superior, Dios. Podría decirse, por tanto, que es una “experiencia de lo divino”, que a su vez configura una “parte de la teología que trata de la vida espiritual y contemplativa y del conocimiento y dirección de los espíritus”, como contempla el Diccionario de la Real Academia Española. En el cristianismo, la experiencia mística está intrínsecamente aunada con la meditación y la contemplación, formas de oraciones que pueden verse en el siguiente punto.

La oración es el acto de la persona que expresa de forma mental y corporal la inquietud de su interior, que para el cristiano es respuesta a Dios según la determinación del corazón[1].  Para los padres espirituales del judeocristianismo, la oración es recordar a Dios haciendo despertar la “memoria del corazón[2]”. La Iglesia entiende que es una necesidad “asociar los sentidos a la oración interior” ya que “responde a una exigencia de nuestra naturaleza humana. Somos cuerpo y espíritu, y experimentamos la necesidad de traducir exteriormente nuestros sentimientos[3].” La tradición cristiana ha conservado tres expresiones de la vida de oración: la oración vocal, la meditación y la contemplación.

La oración vocal

La oración vocal consiste en repetir con los labios o con la mente, oraciones ya formuladas y escritas, o expresarse a través del verbo en una actitud orante. La oración vocal es la oración por excelencia de la mayoría, por ser característica exterior y por ser tan humana. La oración se hace interior en la medida en que se toma conciencia de Aquél “a quien hablamos[4].” La oración vocal es también un paso donde apoyarse para después poder pasar a otra forma de oración Así, se va convirtiendo en una primera forma de oración contemplativa.

La meditación

La meditación es, sobre todo, una búsqueda. El espíritu trata de comprender el por qué y el cómo de su existencia. Habitualmente, se hace con la ayuda de un libro. La meditación hace intervenir al pensamiento, la imaginación, la emoción y el deseo. Aunque el creyente debe ir hacia la unión con la realidad divina[5]. “Meditar lo que se lee conduce a apropiárselo confrontándolo consigo mismo. Aquí, se abre otro libro: el de la vida. Se pasa de los pensamientos a la realidad. Según sean la humildad y la fe, se descubren los movimientos que agitan el corazón y se les puede discernir[6].”

La contemplación

Este es el punto donde culminan todos las formas de orar de las comentadas con anterioridad. Es el momento en que se interrumpe la lectura y se deja la reflexión sobre un acontecimiento o una idea para dar paso al encuentro íntimo con la realidad divina. Después de recorrer un camino, se experimenta la comunión con esta realidad divina de una forma silenciosa y definida siempre y por todas las confesiones como encuentro de amor. Para la Iglesia, “la oración contemplativa es la expresión sencilla del misterio de la oración” y “un silencioso amor[7]”.


[1] Catecismo de la Iglesia católica: art. 2699. Nueva edición conforme al texto latino oficial de 1997. Asociación de Editores del Catecismo. Bilbao (España).

[2] Catecismo de la Iglesia católica: art. 2697. Nueva edición conforme al texto latino oficial de 1997. Asociación de Editores del Catecismo. Bilbao (España).

[3] Catecismo de la Iglesia católica: art. 2702. Nueva edición conforme al texto latino oficial de 1997. Asociación de Editores del Catecismo. Bilbao (España).

[4] SANTA TERESA DE JESÚS: Camino de perfección: 26. Biblioteca Mística Carmelita, volumen 3. Burgos (España).

[5] Catecismo de la Iglesia católica: art. 2708. Nueva edición conforme al texto latino oficial de 1997. Asociación de Editores del Catecismo. Bilbao (España).

[6] Catecismo de la Iglesia católica: art. 2706. Nueva edición conforme al texto latino oficial de 1997. Asociación de Editores del Catecismo. Bilbao (España).

[7] Catecismo de la Iglesia católica: art. 2724. Nueva edición conforme al texto latino oficial de 1997. Asociación de Editores del Catecismo. Bilbao (España).

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